miércoles, 16 de septiembre de 2009

...Y los sueños, sueños son....

Otro relato. No sé nada de divorcios ni juicios, así que no me lo tengais en cuenta si he puesto alguna tontería.


En un túnel oscuro caminaba, sin saber dónde estaba la salida y dónde la entrada, en caso de que éstas existieran. La oscuridad era absoluta, al igual que el silencio. No oía ni sus propios pasos. Intentó hablar y dar palmas, pero no fue capaz de producir ningún sonido. No olía a nada, no hacía frío ni calor. Ni siquiera sentía su propio cuerpo. Ni cansancio, ni sed, ni hambre, ni ninguna de las sensaciones internas.
Empezó a dudar sobre el lugar en el que estaba. Creía que era un túnel pero nada había que confirmara su suposición. Empezó a dudar de que estuviera en algún lugar. Incluso empezó a dudar de su propia existencia. Lo único que era capaz de percibir eran sus pensamientos, sus recuerdos y sus deducciones.

El día anterior (aunque tampoco estaba seguro de que sólo hubiera pasado un día) había ido a dormir a su cama, como todos los días. Había tenido sueños extraños. En ellos aparecía su ex mujer con los ojos de su hermana y completamente calva. Susurraba algo que no era capaz de entender. Cuando se acercó a escuchar qué decía, notó que alguien apagaba la pantalla de su imaginación, y desde entonces había estado en ese supuesto túnel.

"Es curioso" -pensó- "lo claros que se oyen los propios pensamientos cuando es lo único que puedes oir".

Dos días antes había firmado el divorcio. El reparto había sido equitativo. Habían vendido la casa y dividido los beneficios entre ambos. Por suerte, ella era estéril y ninguno de los dos tenía el carnet de conducir, así que no pelearían por los niños ni por el coche.
La abogada de él era una mujer joven por fuera y anciana por dentro. Con apenas 25 años, recién acabada la carrera, era una mujer gris y cruel. Eso sí, eficiente. Carla (ése era su nombre) trabajaba en un buffet de abogados muy prestigioso, y era la trabajadora más joven. Pretendía demostrar que todas las pertenencias del matrimonio debía quedárselas el marido. Él se lo impidió, no era justo y su ex mujer no se lo merecía.
El abogado de ella era la cara opuesta de Carla. Fabián, 60 años, jovial y alegre, y un completo inútil para la abogacía. Si no hubiera sido porque él se negó, podría haberla dejado en la calle y sin un céntimo.

Su memoria retrocedió otro día, el día del juicio. Las acusaciones de los abogados habían sido crueles y absurdas y el juez parecía divertirse con el espectáculo. Él y ella se miraban fugazmente de vez en cuando, mostrando ambos una terrible incomprensión de todo lo que estaba pasando, preguntándose qué hacía esa gente hablando de una relación que no habían visto nunca, diciendo cosas en su nombre que ellos jamás habían pensado. Ambos se sentían un poco culpables, un poco tristes, un poco asustados y sí, también un poco enfadados.

Su memoria dio otro salto, algo más grande, al mes pasado. El día que se separaron. Él volvió a casa del trabajo y se encontró una nota en la nevera: "No podemos seguir así, tenemos que hablar". Cuando llegó ella a casa tuvieron una discusión fría y aburrida, tras la cual decidieron llevar caminos separados, cada uno el suyo. Él no sabía cuál era su camino, pero deseaba que ella conociera el suyo.

Recordó después el fin de semana anterior a su separación. Se habían escapado a un hotelito en la playa, para desconectar. Cuando llegaron a la habitación, él cogió una cerveza del minibar y se sentó en la cama a ver la televisión.
Ella deshizo las maletas sin pronunciar una palabra.

-Cariño -dijo cuando terminó- podríamos ir a dar una vuelta por el paseo marítimo.
-Estoy agotado... -respondió él- Sal tú si quieres, yo me quedo viendo la tele.

Ella le miró en silencio, inundada por una rabia fría.
Cuando él terminó la cerveza se levantó a por otra y se encontró a su mujer, mirándole fijamente.

-¿Qué? -preguntó él.
-¡¿Que?! -gritó ella- Llevas un mes trabajando sin parar, no recuerdo la última vez que pasamos tiempo juntos, y ahora nos vamos un fin de semana y te quedas en la habitación viendo la tele. ¿Y aún no sabes qué pasa?

Se giró indignada. Él se encogió de hombros.

-Estoy cansado, ¿qué quieres que haga?
-¡Te tomas un café y te tragas tu maldito cansancio!
-Si vas a empezar con tus histerias me voy a dormir...
-¡Oh! -ella se sentó en una silla y giró la cara para ocultar las lágrimas.

Pasaron cinco minutos en un silencio tenso.

-Mira, sé que no he estado muy pendiente de ti, pero...
-Pero ¿qué? -espetó ella.
-No es culpa tuya, es sólo que... últimamente nada me divierte demasiado. Es como si viviera por rutina, más que por voluntad.
-Es normal, ¿no? Hemos envejecido. Llega un momento en que el amor se enfría.
-Es la frase más deprimente que he oido en mi vida -dijo él- Eso no pasa en todos los matrimonios. Mi hermana...
-Tu hermana tiene tres hijos preciosos. Con tantos problemas yo también sé conservar la pasión.
-Si hubiéramos tenido hijos...

Ella se giró despacio para mirarle con rencor.

-Hijos... claro. ¡Si tu mujer no fuese una tierra yerma en la que no crece ni la hierba!
-No me has entendido.
-¡Que te jodan! -gritó ella, y se tiró llorando en la cama.

Él volvió a subir el volumen de la televisión y siguió bebiendo.
Al cabo de un rato ella levantó la cabeza de la almohada.

-¿Tú me sigues queriendo? -le preguntó con voz vacilante.

Él la miró largamente sin emoción en su rostro.

-¿Y tú a mí?

Los ojos de ella se clavaron en los de él, y viceversa, intuyendo el abismo infranqueable que se abría entre los dos.


Su entendimiento ya había calentado los músculos y dio un salto más grande, tres años atrás, el día de su boda.
Él estaba nervioso como un adolescente el día de su primera cita. Su madre no para de decir "que se me casa" y su padre le daba innumerables consejos sobre la vida en pareja. Él no escuchaba, sus pensamientos estaban centrados en su amada, la que desde ese día sería su esposa, hasta que la muerte les separara, por lo menos.
Ya en el altar la novia se hizo esperar, y tardaba. Ya habían acordado entre risas ese retraso, para darle "dramatismo" al momento. Cuando llegó, él se quedó asombrado. Su supersticiosa hermana le había prohibido ver el vestido de ella, y él se lo había imaginado mil veces. Sin embargo, vio que la realidad superaba todas sus expectativas. Ella estaba bellísima. El traje blanco (no podia ser de otra manera, decía su suegra) y un gracioso recogido que dejaba ver con toda claridad su piel suave y pálida, sus ojos color miel, sus pómulos rosados, su naricilla, sus labios finos y misteriosos, y esa peca que tenía en la frente, que ella odiaba y él adoraba.
Los votos fueron formales y típicos, nada había en ellos que no hubiera en los de todas las bodas. Pero en sus miradas había un verdadero juramento. Un juramento que duraría toda la eternidad y que sólo en tres años habían hecho añicos.
"Pero aunque lo hayamos roto" -pensó él- "en ese momento se hizo eterno".

Como si alguien manejara su memoria, recordó involuntariamente el día de su primer beso.
Era noche cerrada, ambos habían terminado los exámenes de fin de carrera y lo habían estado celebrando en un bar con sus compañeros. Él se emborrachó demasiado y ella lo acompañó a tomar el aire.
No recordaba muy bien qué había sucedido, sólo se acordaba de que habían acabado besándose.
Ella quería que el alcohol no borrara de la memoria de él lo que había pasado, así que sacó unas tijeritas de su bolso y se cortó un mechón de pelo, que él guardó como si fuera un tesoro.
Él intentó cortarse un mechón, pero tenía el pelo demasiado corto, así que se quitó un zapato y le pidió que lo guardara en su bolso. Ella, muera de risa, le obedeció. Y había guardado ese zapato hasta el fin de semana del hotelito en la playa, en el que lo tiró al mar.
Él había perdido el mechón de ella hacía mucho tiempo.

Su memoria no daba más de sí, así que se quedó sin pensar en nada un rato.
De pronto, alguien volvió a encender la pantalla de su imaginación.
Su ex mujer estaba de nuevo frente a él, seguía susurrando algo, pero volvía a tener pelo y sus ojos color miel. Se acercó y oyó lo que susuraba:

-Volvamos a intentarlo.


Se despertó lleno de júbilo. ¡Sí, eso no era sólo un sueño! ¡Era un mensaje!
Se querían, siempre se habían querido y no dejarían de hacerlo. Sólo había que corregir un par de cosas, estar más pendientes el uno del otro, tener un detalle de vez en cuando...
Aún era pronto, pero corrió a por el teléfono y la llamó. Tardó un rato en cogerlo.

-¿Sí? -sonó su voz, algo somnolienta- ¿Diga?
-¡Cásate conmigo otra vez! -exclamó él.

Se hizo un largo silencio, él volvió a tomar la palabra.

-¿Y bien?
-Claro que no... ¿te has vuelto loco? -dijo con fastidio- Nos acabamos de divorciar.

Él dejó el teléfono despacio y se quedó tumbado en la cama, mirando al techo.


A veces los sueños,por reales que parezcan, sólo son sueños.



Fin del comunicado.

5 comentarios:

The Dumb Ox dijo...

¡Me encanta! A veces hacer realidad un sueño es cosa de dos, ó tres ó seis ó.....

D'Arath dijo...

Maldito! Me hiciste llorar! Está bellísimo! Por favor, más como éste!!

Feldkhon dijo...

@The Dumb Ox: Gracias :D. Y sí, hacer realidad un sueño suele precisar que colaboren varios.

@D'Arath: ¡Muchas gracias! ^^

escritores negros dijo...

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Un saludo y gracias.

Tresmasqueperros dijo...

Casi me dejo los ojos en la pantalla, pero ha merecido la pena. Me ha encantado. Esa manera inversa al narrar siempre me ha gustado.

Mis felicitaciones, caballero Feldkhon.

PD. Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi...



Cris.

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